Los Reyes Malditos, de Maurice Druon
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París, 4 de septiembre de 2026. Querida Ofelia, Los Reyes Malditos, de Maurice Druon, es una de las grandes epopeyas históricas de la literatura francesa del siglo XX. Publicada entre 1955 y 1977, la serie reconstruye, a través de siete novelas, la crisis de la monarquía francesa desde el reinado de Felipe IV el Hermoso hasta los primeros episodios de la Guerra de los Cien Años. Druon consigue algo difícil, convertir la historia medieval en una auténtica tragedia humana, donde la ambición, la venganza, el adulterio, la traición y la lucha por el poder determinan el destino de generaciones. El punto de partida es extraordinariamente dramático: Felipe IV destruye la poderosa orden de los Templarios y hace ejecutar a su gran maestre, Jacques de Molay. Según la tradición literaria, antes de morir, De Molay lanza una maldición contra el rey y sus descendientes. Poco después, Felipe IV muere y comienza una sucesión de acontecimientos que parecen confirmar la maldición. Druon utiliza este episodio no tanto como una explicación sobrenatural, sino como un símbolo literario. La verdadera maldición no procede necesariamente de Dios ni de De Molay, procede de los propios hombres. La monarquía ha sembrado violencia, corrupción y venganza, y ahora cosecha sus consecuencias. Uno de los grandes méritos de Druon consiste en mostrar que el poder político medieval no tiene nada de romántico. Los reyes, príncipes, ministros y nobles están constantemente calculando: quién puede traicionar a quién, quién puede suceder al rey, qué matrimonio resulta políticamente conveniente, cuánto dinero puede obtenerse, qué enemigo debe ser eliminado, qué secreto puede utilizarse como arma. El poder aparece así como una red de intereses, y no como una institución basada exclusivamente en el honor o en la legitimidad. En este sentido, Los Reyes Malditos tiene una sorprendente modernidad. Cambian los palacios y los vestidos, pero permanecen las mismas pasiones, dinero, sexo, ambición, miedo y deseo de poder. Druon posee un extraordinario talento para transformar personajes históricos en personajes literarios. Felipe IV el Hermoso aparece como un soberano implacable, casi glacial, cuya grandeza política contiene también una profunda deshumanización. Roberto de Artois, por el contrario, representa la ambición individual llevada hasta sus últimas consecuencias. Es uno de los personajes más fascinantes de la saga porque combina inteligencia, energía, orgullo y una capacidad casi ilimitada para la intriga. También destacan Mahaut de Artois, probablemente una de las grandes figuras femeninas de la obra. Es una mujer de enorme inteligencia política, capaz de utilizar todos los recursos disponibles para defender sus intereses. Y ahí encontramos otra de las virtudes de Druon, sus mujeres no son simples figuras decorativas. Son jugadoras políticas. Detrás de la novela histórica encontramos una auténtica filosofía de la historia. Druon parece decirnos que los hombres no gobiernan la historia tanto como creen. Intentan controlar los acontecimientos, pero sus decisiones producen consecuencias que escapan a su voluntad. Aquí aparece una idea esencial. Los hombres construyen su propio destino mientras creen estar construyendo el destino de los demás. El rey elimina a los Templarios para fortalecer su poder; esa decisión contribuye a desencadenar una cadena de acontecimientos que terminará afectando a su propia dinastía. La paradoja es magnífica, el poder que pretende dominar el futuro termina convirtiéndose en prisionero de sus propias decisiones. Desde una perspectiva filosófica, la famosa maldición de Jacques de Molay puede interpretarse de tres maneras. Primera: una interpretación sobrenatural. La muerte del gran maestre desencadena realmente una maldición sobre los Capetos. Segunda: una interpretación histórica. La desaparición de Felipe IV deja problemas políticos y sucesorios que terminarán debilitando a la dinastía. Tercera —y quizá la más interesante—: una interpretación moral. La maldición es simplemente la consecuencia de los actos humanos. El rey no necesita estar mágicamente condenado. Ya está condenado por el sistema de poder que él mismo ha creado. Esta tercera lectura convierte la saga en algo mucho más profundo que una novela medieval. Druon escribe con un estilo directo, visual y extraordinariamente narrativo. No pretende hacer una novela histórica académica, sino una gran crónica dramática. Su escritura tiene algo de Shakespeare, grandes personajes enfrentados por pasiones enormes, familias destruidas por ambiciones personales y una constante sensación de fatalidad. También existe una clara influencia de la tragedia clásica: culpa → venganza → error → consecuencia → nueva venganza. La historia avanza como una cadena en la que cada personaje paga, de alguna manera, las decisiones de quienes lo precedieron. Precisamente la extraordinaria eficacia narrativa de Druon puede convertirse en su principal debilidad. En ocasiones, el autor simplifica la complejidad histórica para conseguir mayor dramatismo. Algunos personajes aparecen excesivamente definidos por sus virtudes o sus vicios y determinadas intrigas pueden parecer demasiado perfectas para ser verdaderamente históricas. Por eso conviene leer Los Reyes Malditos como lo que es: una gran novela histórica basada en acontecimientos reales, no como un libro de historia académica. Pero esta crítica no disminuye su valor literario. Al contrario, explica parte de su enorme capacidad para atrapar al lector. Hay además una dimensión política particularmente interesante. Druon muestra que una monarquía puede parecer extraordinariamente poderosa y, sin embargo, ser estructuralmente frágil. Felipe IV concentra un enorme poder, pero después de su muerte el edificio comienza a resquebrajarse. La paradoja es que: cuanto más intenta el poder eliminar la incertidumbre, más incertidumbre produce. Los asesinatos, las confiscaciones, las manipulaciones matrimoniales y las intrigas no eliminan el conflicto: simplemente lo trasladan hacia el futuro. Los Reyes Malditos es mucho más que una novela histórica sobre los reyes franceses. Es una meditación sobre el poder, la ambición y las consecuencias imprevisibles de nuestros actos. Su verdadera grandeza está en que detrás de los castillos medievales podemos reconocer el mundo contemporáneo. Los personajes cambian de nombre y de vestimenta, pero continúan existiendo: el político ambicioso, el funcionario corrupto, el poderoso que teme perder su poder, el rival que espera pacientemente su oportunidad y el individuo que convierte una ofensa en una obsesión de venganza. Por eso la célebre maldición de los Templarios puede entenderse finalmente como una metáfora, no son los muertos quienes persiguen a los vivos; son las decisiones de los vivos las que persiguen a las generaciones futuras. Es una obra fundamental de la novela histórica europea y, probablemente, una de las mejores puertas de entrada a la historia política de la Francia medieval. Un gran abrazo desde estas lejanas tierras de Libertad, Félix José Hernández.
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