El film « Le Dernier des Juifs »
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París, 9 de agosto de 2026. Querida Ofelia, Le Dernier des Juifs, primer largometraje de Noé Debré, estrenado en Francia en enero de 2024, es una comedia dramática de apenas 90 minutos que aborda un asunto particularmente delicado: la progresiva desaparición de la comunidad judía de ciertos barrios populares franceses y, al mismo tiempo, el miedo producido por el antisemitismo. Pero Debré evita deliberadamente hacer un film militante. Su apuesta consiste en hablar de una cuestión grave a través de la ternura, el humor, la ironía y, sobre todo, de una relación entre una madre y su hijo. Bellisha, interpretado magníficamente por Michael Zindel, tiene 27 años y vive con su madre Giselle —una excelente Agnès Jaoui— en una vivienda social de la periferia parisina. No trabaja realmente, pero hace creer a su madre que tiene una vida profesional estable. Giselle apenas sale de casa. Poco a poco descubre que los comercios y lugares relacionados con la comunidad judía han desaparecido. Finalmente comprende que ellos son prácticamente los últimos judíos de la cité y quiere marcharse. La situación posee una ironía extraordinaria: Bellisha intenta proteger a su madre de la realidad inventándole una realidad ficticia. Y ahí aparece una de las mejores ideas del film: ¿Qué es preferible, conocer una realidad dolorosa o vivir felizmente dentro de una mentira protectora? El antisemitismo está presente, pero Debré tiene el mérito de no convertirlo en un espectáculo de violencia. El miedo aparece más bien como una atmósfera: negocios que cierran, vecinos que se marchan, una identidad que deja de sentirse segura. La desaparición de los judíos del barrio adquiere así un valor simbólico. No estamos únicamente ante el desplazamiento de una comunidad, estamos ante la desaparición de una memoria colectiva. El título, Le Dernier des Juifs, tiene precisamente algo de fábula. Bellisha no es literalmente "el último judío", pero empieza a sentirse como si lo fuera. Su aislamiento individual reproduce el aislamiento histórico de una comunidad. La película fue concebida por Debré como una obra humanista y reconciliadora, explícitamente alejada de un cine identitario o victimista. Uno de los aspectos más interesantes es su protagonista. Bellisha no quiere triunfar. No quiere enriquecerse. No desea conquistar el mundo. Quiere simplemente permanecer donde está. Es un personaje aparentemente fracasado según los criterios de nuestra sociedad, no tiene carrera, ambición ni proyecto. Sin embargo, posee algo que muchos personajes "exitosos" del cine contemporáneo han perdido: la capacidad de vivir sin convertir cada instante en una inversión para el futuro. Hay en él algo de Buster Keaton, de Jacques Tati, incluso del Jean-Pierre Léaud de la Nouvelle Vague, un individuo ligeramente desplazado respecto al mundo, que observa la realidad con una mezcla de ingenuidad y lucidez. Le Monde ha señalado precisamente esa dimensión chaplinesca del personaje. Sin embargo, el verdadero corazón del film no es el problema comunitario sino la relación entre Bellisha y Giselle. Ella quiere huir porque tiene miedo. Él quiere quedarse porque tiene miedo de perder su mundo. Los dos desean protegerse mutuamente y, paradójicamente, terminan ocultándose la verdad. La película puede leerse entonces como una reflexión sobre el amor familiar, amar a alguien significa protegerlo, pero también aceptar que no podemos protegerlo de toda realidad. Agnès Jaoui aporta a Giselle una mezcla magnífica de irritación, fragilidad y comicidad. Michael Zindel, por su parte, consigue que Bellisha resulte entrañable sin convertirlo en un personaje sentimental. El gran mérito de Debré consiste en comprender que el humor puede ser una forma de resistencia. Reírse de uno mismo, de las propias costumbres, de los prejuicios y hasta de los miedos permite evitar la trampa del discurso solemne. Por eso el film recuerda por momentos a cierta tradición del humor judío: una inteligencia que transforma la angustia en ironía y que utiliza la risa no para negar el sufrimiento, sino para hacerlo soportable. El resultado es deliberadamente ambiguo, nos hace reír mientras nos recuerda que hay algo profundamente inquietante detrás de esa risa. En el fondo, Debré formula una pregunta mucho más universal: ¿Qué queda de nosotros cuando desaparece el mundo al que pertenecíamos? La identidad no es solamente religión, nacionalidad o cultura. También está hecha de lugares, tiendas, cafés, vecinos, olores, rituales y recuerdos. Cuando todo eso desaparece, el individuo puede conservar su identidad en teoría, pero pierde el espacio cotidiano que le permitía vivirla. Por eso Le Dernier des Juifs es también una película sobre el desarraigo. Y aquí está quizá su dimensión más profunda: Bellisha no quiere abandonar su barrio porque abandonar el lugar significaría aceptar que una parte de su propia historia ha terminado. El film no es perfecto. Su tono de fábula, su humor deliberadamente ligero y algunos personajes secundarios hacen que determinadas cuestiones sociales parezcan más esquemáticas de lo que deberían. Algunas situaciones rozan el cliché y la segunda mitad pierde algo de la frescura de la primera. Diversas críticas señalaron precisamente cierta irregularidad del guion. Pero exigirle un tratado sociológico sería equivocarse sobre su naturaleza. Debré no pretende explicar exhaustivamente el antisemitismo francés ni la transformación de la periferia. Quiere contar la historia íntima de dos seres humanos enfrentados a la desaparición de un mundo. Le Dernier des Juifs es, finalmente, una película sobre la desaparición, pero también sobre la permanencia. La pregunta no es solamente: ¿Por qué se van los judíos? La pregunta más profunda es: ¿Qué ocurre cuando un ser humano se convierte en extranjero en el lugar que considera su casa? Debré responde sin discursos: mediante un joven que prefiere permanecer en su barrio, una madre que sueña con escapar y una comunidad que desaparece silenciosamente. Su mayor virtud es precisamente esa delicadeza. En lugar de enfrentar identidades, intenta mostrar lo que existe detrás de ellas: miedo, memoria, soledad, familia y necesidad de pertenecer. Una pequeña película por su duración, pero mucho más grande por las preguntas que plantea. Un gran abrazo desde la bella y culta Francia, Félix José Hernández
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