«Adiós muchachos» de Louis Malle
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París, 24 de noviembre de 2025. Querida Ofelia, Anoche vi de nuevo esta joya del cine francés contemporáneo. Es una de las películas más conmovedoras entre las que he visto a lo largo de mi vida. Me hizo recordar el cierre de mi escuela “Carmelo y Praga” en donde estudiaba el sexto grado. Estaba situada en la calle Concordia entre Infanta y San Francisco. Su director era el padre Clemente Becerril. Recuerdo el arranque de las cruces de las aulas y la destrucción del bello Niño de Praga que se encontraba en la entrada de la escuela. Cuando fui por primera vez a Praga, busqué la iglesia y rezando frente a la pequeña imagen del Niño, encontré a una monjita con la cual poco después pude charlas largo rato en la sacristía. Ella había estado en la escuela del Sagrado Corazón de Jesús en La Habana y recordaba muy bien su expulsión del país que tanto había querido. «Adiós muchachos» (Au revoir les enfants), dirigida por Louis Malle en 1987, es una de las películas más emblemáticas del cine francés de los años ochenta. Ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, esta obra maestra se adentra en los recuerdos de infancia del propio Malle y nos ofrece una mirada honesta, sensible y profundamente humana sobre la ocupación nazi en Francia, la inocencia perdida y la brutalidad de la guerra. La trama nos sitúa en un internado católico en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, donde el joven Julien Quentin entabla amistad con un misterioso nuevo alumno, Jean Bonnet. Pronto descubrirá que Jean es, en realidad, un niño judío oculto bajo la protección de los monjes del colegio. La película se desenvuelve en el ambiente tenso de la colaboración y la resistencia, mostrando la vida cotidiana, los pequeños gestos de solidaridad y la traición silenciosa que marcó aquellos tiempos oscuros. Louis Malle demuestra una delicadeza y un rigor excepcionales en la dirección, evitando el melodrama fácil y optando por una puesta en escena sobria pero intensamente emotiva. La elección del reparto infantil, especialmente Gaspard Manesse (Julien) y Raphaël Fejtö (Jean), aporta una autenticidad conmovedora. Las interpretaciones son contenidas, naturales, y llenas de matices, lo que intensifica el impacto emocional de la película. «Adiós muchachos» es una elegía sobre la pérdida de la inocencia y el fin de la infancia, pero también un testimonio sobre la crueldad y la indiferencia que acompañaron a la persecución de los judíos. El título mismo es un eco de la despedida forzada y, sobre todo, del adiós a un mundo que ya no volverá. Malle utiliza el colegio como microcosmos de la sociedad francesa, donde la amistad, la traición y la cobardía coexisten en un mismo espacio, y donde la moralidad se pone a prueba día tras día. La fotografía de Renato Berta es sobria y fría, acorde con la atmósfera opresiva del internado y el invierno francés. La cámara de Malle observa con distancia, apenas interviene, dejando que los acontecimientos fluyan y el espectador saque sus propias conclusiones. La música, utilizada con mesura, refuerza la emoción sin caer en la manipulación sentimental. La obtención del León de Oro en Venecia no solo reconoció la calidad artística de «Adiós muchachos», sino también su relevancia histórica y su capacidad para emocionar a públicos de todas las edades. La película se ha convertido en un clásico del cine europeo, y es frecuentemente citada como una de las mejores obras sobre la infancia durante la guerra y sobre el Holocausto en la gran pantalla. «Adiós muchachos» es una obra imprescindible, conmovedora y lúcida, que invita a la reflexión y al recuerdo. Louis Malle firma un testimonio personal y universal a la vez, un canto a la amistad y un grito de denuncia contra el horror de la intolerancia. Una experiencia cinematográfica que sigue impactando y emocionando décadas después de su estreno. Un gran abrazo desde esta espléndida ciudad toda decorada para celebrar La Navidad, Félix José Hernández.
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