Inocencia… El día en que desapareció la Coca-Cola
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París, 7 de noviembre de 2025. Querida Ofelia, Te envío esta crónica que me hizo llegar ayer desde La Habana nuestro amigo Frank Artola. Espero que la disfrutes. “El niño despertó sobresaltado. No había conciliado el sueño; el gallego Marcelino dueño todavía de la bodega de la esquina le anuncio en su anterior pedido-¡Disfrútala…. puede ser la última! - La memoria del niño se inundó de absurdas interrogantes. ¿Por qué la última? El niño había nacido ocho años antes, en 1959, año convulso, de procesos impredecibles, de una amañada revolución. Dijeron: el pueblo critica la naciente República desde su consagración en el año 1902. La joven República que sin afianzar una estabilidad política supo encauzar al país a un desarrollo perceptible aunque inconcluso. La inestabilidad política, un líder en apogeo, y esa premura de exigir más a destiempo instauró el régimen socialista. Manía de muchas revoluciones desdibujar el génesis de las mismas. Pues el niño despertó sobresaltado. Primera vez producto de su conciencia. Antes, varias veces, sus padres le habían levantado de la cama apresuradamente. Habían corrido escaleras abajo hasta los sótanos que servían de parqueo para autos, lugar de refugio para bombardeos nucleares o convencionales y cuyas alarmas retumbaban a menudo cuando el líder revolucionario disparaba, desde una tribuna, improperios a la vecina potencia norteña, por cierto, ubicada tan solo a unos millares de metros luego de la bodega del gallego Marcelino. El edificio se ubica, existe destartalado en El Vedado, reparto de La Habana que en esa época albergaba a mayoría de la clase media y proliferaban grandes y pequeños negocios, sobre todos gastronómicos. Ya estos habían o, estaban pasando a manos de “empresas” estatales. Su esplendor desvaneció entre consignas y movilizaciones. Él alumbrado de neón que pujaba la competencia se extinguía ante el monopolio estatal. También cedía el resplandor público. Apagones diarios hacían de las suyas y las roturas resultaban irreparables. Imágenes del líder decoraban las fachadas mezclándose con carteles que anunciaban prosperidad con resistencia. Sobresaltado, se levantó el niño. Acomodó las ideas y recordó que era Domingo. En el baño despejó el sueño con abundante agua al rostro, estrujo ordeñando el recipiente de pasta dental, cepilló su dentadura y se vistió cómodo para fin de semana. La madre en el balcón sentada en una mecedora remendaba el uniforme escolar que mañana volvería al ruedo. Se acercó el niño y le dio los buenos días. Despertaste temprano - dijo mamá - en la mesa tienes un bocadito y un vaso de jugo, desayuna. - Mamá, ¿Tienes un níquel? - preguntó el infante. - ¿Para qué necesitas 5 ctvs.? - cuestiono mamá - Desayuna. Sí…tengo 5 ctvs.- y le miró cabizbaja conociendo las intenciones del hijo. Devoró el desayuno y regresó a mamá. La madre se levantó y buscó su monedero. -Aquí tienes- dijo, extendiendo la moneda - no demores. El niño agarró su victoria y se escabulló a prisa por la puerta del departamento. La madre regresó al balcón y le vio encaminarse a la bodega de la esquina. Entró el niño a la bodega, establecimiento que había cedido el agradable olor del aceite de oliva a un vaho inevitable regalado por la desabastecida estantería. Una vecina pagó el resultado de su modesta compra y se retiró con los pocos cartuchos, cargando en mediana cesta los alimentos asignados por tarjeta para un mes. Se afianzó el muchacho con sus antebrazos al todavía reluciente mostrador. -Buenos días Sr. Marcelino. El bodeguero extendió sus brazos afincando las manos al otro lado de la barra. -Buenos días muchacho- respondió el dependiente- ¿Te puedo ayudar? -preguntó. Deslizó la moneda hacia el hombre empujándola con un dedo. -Me da una Coca Cola, por favor. El gallego parpadeó varias veces escarbando una respuesta. No encontró ninguna que le agradara. -Muchacho, ayer te dije, recuerdas… te dije que posiblemente, en lo adelante, no tendría Coca Cola. - Y devolvió la moneda, también empujándola con el dedo. - ¿Cuándo tendrás? - insistió el niño. El bodeguero encogió de hombros y fue suficiente por respuesta. -¿Qué refresco tiene? -Ninguno muchacho, queda algún Ginger-Ale, se puede beber como refresco ¿Quieres? Y sacudió negativamente la cabecita mientras se descolgaba del mostrador. El hombre lo miró alejarse hacia el exterior y de costumbre comenzó a pulir la barra que brillaba denotando languidez ante la falta de clientes que hasta hacía muy poco inundaban el local en ese horario. El niño paró en la esquina y cotejó otras posibilidades. Decidió por la cafetería frente, a mediación de cuadra. Esperó el paso de unos camiones cargados de hombres y mujeres, y pancartas, curiosa amalgama de personajes: trajes de milicias, ropa de diario, sombreros de yarey y boinas. Los carteles anunciaban: ¡De cara al campo! ¡Todos al Cordón de La Habana!... Mientras cruzaba la vía los oía alejarse entre himnos combativos y consignas, algunas extrañamente groseras que le retorcían su educación doméstica. No todos participaban en la algarabía. Entró a la cafetería donde solo estaban el dependiente y un cliente que no consumía. Charlaban temas de adultos. - ¡Resulta que, de dueño, paso a administrador de mi propio negocio!- comentaba malhumorado el dependiente-¡Y lo que era mío, puesto peseta a peseta, pasa a empresa estatal! _ ¿Ya te intervinieron?-preguntó el visitante. -Están al entrar por esa puerta-sentenció el dueño. -¿Qué piensas hacer? Entonces descubrieron la presencia del niño. -¿Deseas algo muchacho? El niño presentó su moneda ilusionado. -Una Coca-Cola, por favor. -¡Una Coca-Cola!- repitió el encargado en alta voz dirigiéndose al amigo con los brazos en alto. -Muchacho, no ves que esto está “pelao”. Y abanicó un brazo mostrando de una punta a la otra la ahora inútil mueblería de acero inoxidable cargada de artefactos gastronómicos. -Solo tengo té ruso y algunos panes con croquetas. -Terminando así su discurso para regresar al amigo. -Preguntaba, ¿Qué piensas hacer?-insistió el otro. -No sé…no sé. De seguir así, y es lo que parece…Solicitaré la salida del país con mi familia Resulta que ahora ¡Soy capitalista! Salió el niño dejando a los adultos con sus complicados problemas. Organizó de nuevo sus ideas y recordó la máquina expendedora ubicada en una tienda cercana. Resultó, aunque las esperanzas forcejeaban con el llanto, se encaminó al lugar. El lugar vendía a precios competitivos- objetos de “Recuperación de valores”: muebles, pinturas, arte decorativo y otras piezas. En general, aunque no todas, artículos de reconocido valor, recolectadas a los “desertores” por neófitos de verde olivo, que aún, solo reconocían el brillo del oro. Allí, en la aglomeración de tarecos, estaba el simbólico armatroste rojo con sus inconfundibles letras blancas. Se acercó el muchacho a la nevera invocando dioses de su optimismo. Parado frente al aparato, lanzó sus últimos ruegos y acercó la moneda a la rendija correspondiente. La colocó suavemente, como si esa actitud influyera en el destino, y la dejó caer cerrando los ojos. La cosa metálica se deslizo por el canal y solo quedaba escuchar su recorrido. Si hacia una pausa, significaba que tendría su recompensa. No, no pausó, se precipitó libremente hasta el cubículo “devolución”. Recogió los 5 ctvs. Y un vendaval de ideas le estremecieron- ¿Qué pasa?, ¿Cómo puede ser? ¿Cómo desaparece algo cotidiano? La realidad mortificaba su inocencia. Salió lentamente en dirección a la calle, manoseó la moneda y en momentos la consideró culpable. Caminó sin otra perturbación derecho a casa. Al llegar a su edificio reconoció a un grupo de vecinos conversando en los jardines aledaños que había cambiado el colorido de la vegetación por banderitas con tablillas encajadas a la tierra. Su madre estaba entre ellos. Al pie de mamá, sin que nadie notara su presencia, espero terminaran la conversación. -Cambio una lata de leche por un tubo de pasta dental- dijo una vecina. -Tengo un tubo de pasta dental, pero, lo cambio por dos cuchillas de afeitar- dijo otro vecino. -Me mandaron cuchillas en una carta pero necesito… Entonces discretamente, percatado del sinfín del debate el niño haló la blusa de la madre y, cuando ella giró le devolvió la moneda de 5 ctvs. Mama la tomó y, luego de acariciar la cabellera al niño, dijo interrumpiendo el coloquio de trueques. -¿Alguien tiene alguna Coca-Cola?, tengo algo de dinero o algunos artículos que les pueden interesar.” Frank Artola. Un gran abrazo desde la hermosa Francia, Félix José Hernández. -
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