Roma, un desagradable incidente en la Via della Conciliazione
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París, 5 de agosto de 2025. Ocurrió durante las vacaciones del mes pasado en un café de la Via della Conciliazione, en Roma, a solo una cuadra de la imponente Piazza San Pietro. Nos encontrábamos sentados, mi esposa y yo, en dos sillas junto a una pequeña mesa dispuesta sobre la acera, pegada a la entrada del local. Por un momento, el bullicio de la ciudad se vio interrumpido cuando las dos mesas contiguas quedaron vacías, tras la partida de una pareja de británicos acompañados por sus niños. Fue entonces cuando apareció un anciano en silla de ruedas, empujado por una mujer de edad madura. Con espontáneo ánimo solidario, mi esposa y yo les ayudamos a subir el desnivel de la acera desde la calle peatonal. Apenas acomodados, un camarero se apresuró a decirles que esas dos mesas estaban reservadas, aunque el pretexto era a todas luces falso. El anciano y su acompañante, resignados, decidieron entrar al interior del café. Sin embargo, alcancé a oír al camarero murmurar: «Pero a estos dos, ¿Dónde los meto?» Acto seguido, les informó que debían marcharse porque no había espacio para ellos, lo que también era mentira. Indignado por la situación, el señor le replicó al camarero con dignidad y firmeza: «Sí que hay espacio, usted me impide estar aquí porque soy discapacitado y estoy en una silla de ruedas, ¡Algo vergonzoso!» No pude evitar intervenir. Me acerqué al camarero y, con indignación, expresé todo lo que pensaba sobre su actitud. El hombre no respondió; en cambio, se limitó a dibujar una sonrisa irónica en el rostro. Cuando ayudábamos al anciano a descender de la acera, pasaron dos policías. Al notar el incidente, se interesaron por lo ocurrido y les relatamos la situación. Los agentes, visiblemente contrariados, declararon: «Esto es inadmisible, vengan señores, los tienen que aceptar en el café». No obstante, el señor, humillado, agradeció el gesto pero rehusó volver a entrar, y los policías insistieron en vano. Finalmente, los agentes entraron al café mientras nosotros continuamos nuestro camino hacia el Vaticano, con la incógnita de cómo concluiría aquel episodio. Quizá la historia terminó con una multa para el café. Lo cierto es que esa tarde, a la sombra de la Basílica de San Pedro, fuimos testigos de una injusticia y de la dignidad de quienes no se dejan doblegar por la indiferencia. Un gran abrazo desde La Ciudad Luz, Félix José Hernández.
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